El rosismo gobierna el departamento hace más de una década, pero en su propio bastión sobrevivió a la última elección por apenas sesenta y cuatro votos. Mientras tres herederos se disputan la sucesión de Romina Rosas, el cansancio de los cauceteros con ella y con su entorno ya empezó a tener traducción en la urna.

Hay un tipo de poder que, cuando se queda sin futuro propio, se dedica a repartir el ajeno. Es lo que está pasando en Caucete. Romina Rosas no puede volver a presentarse y su espacio, en lugar de cerrar el ciclo con gestión, abrió la temporada de la herencia con la intendenta todavía sentada en el sillón.

Conviene empezar por el dato que ordena el tablero, porque es el que el oficialismo prefiere no decir en voz alta. De los trece departamentos que gobierna el peronismo en San Juan, Caucete es el único donde la conducción tiene la puerta cerrada por mandato cumplido. Rosas llegó en 2019, revalidó en 2023 y se va, sin prórroga posible, en diciembre de 2027. Antes fue concejala. Hace más de un lustro que maneja el municipio y su sector domina el departamento desde hace más de una década. Es un esquema maduro, que tuvo todo el tiempo del mundo y ahora administra su propio crepúsculo.

Frente a ese horizonte, una conducción con la cabeza puesta en el departamento habría usado los meses que quedan para mostrar obra, resolver lo urgente y dejar la vara alta para el que venga. El rosismo hizo lo contrario: convirtió la etapa final en una mesa de reparto. Y a esa mesa se sentaron, todos juntos, los hombres de la propia intendenta.

Son tres, y los tres salieron del mismo molde. Emilio Escudero, diputado provincial y presidente de la Junta del PJ caucetero, fue concejal en el primer gobierno de Rosas y construyó su carrera entera adentro del aparato: encarna la continuidad firmada con otra letra. Juan José «Calé» Escobar, secretario de Obras, es el que en teoría debería poder exhibir lo construido; el problema es que lo que sube desde los barrios no es el inventario de inauguraciones, sino el reclamo por el servicio que no llega y por el trabajo que se hace, se rompe y se vuelve a hacer. Y Luis Roca, también concejal y también salido del mismo riñón, es el nombre que se baraja cuando el aparato necesita mostrar recambio sin cambiar de dueño: la cara nueva del esquema de siempre.

Tres aspirantes, una sola matriz. Lo que parece pluralidad es la misma estructura multiplicada frente al espejo, porque ninguno discute el modelo de gestión: discuten quién se queda con él. La interna caucetera tiene poco de pelea de ideas y mucho de repartición de bienes entre herederos que todavía no enterraron a nadie.

Ahí está el verdadero problema, que excede a los nombres y tiene que ver con hacia dónde apunta la maquinaria. Un aparato político existe, en principio, para procesar lo que el territorio le pide: el agua, la calle, la salud, el trabajo. Esa es su materia prima y su razón de ser. Cuando funciona, la energía circula hacia afuera —hacia el barrio— y vuelve en forma de respuesta. Lo que se rompió en Caucete es esa circulación. Bloqueada la salida natural, que era la reelección de la misma persona, toda la energía del oficialismo se desvió hacia adentro y quedó girando sobre un único asunto: la conservación de sí mismo. Quién hereda, quién ordena la interna, cómo se sostiene con otra cara un esquema instalado hace años. El municipio dejó de gobernar el territorio para gobernarse a sí mismo.

El departamento, mientras tanto, sigue viviendo en un plano que el aparato ya casi no toca. El vecino de Caucete no mide a su gobierno por la calidad de la rosca del PJ. Lo mide por cosas concretas y comprobables: si sale el agua, si se hace una vereda, si el arreglo dura más que el acto donde lo anunciaron. Es una vara dura, sin ideología, profundamente práctica. La misma con la que, en el propio departamento, en Vallecito, miles de personas le piden a la Difunta un favor concreto, que aparezca el trabajo, que alguien se cure, que un viaje termine bien, y vuelven a pagar la promesa cuando el favor se cumple. El caucetero no vota relatos: vota resultados que pueda tocar. Y esa cultura del favor cumplido es, justamente, la que un poder ensimismado dejó de entender.

Conviene decir lo que en Caucete se dice por lo bajo: hay un cansancio de fondo. Cansancio con Romina y con los suyos, con el mismo elenco rotando los mismos cargos, con el tono de siempre, con la promesa que reaparece en cada campaña y se evapora en cada gestión. Ese hartazgo no figura en los discursos oficiales, pero figura donde de verdad pesa: en la urna.

Y ahí aparece una cifra que el rosismo no repite, por algo será. En octubre de 2025, en una elección que terminó en escándalo, impugnaciones, reclamos, recuento voto por voto, el oficialismo se quedó con el resultado por sesenta y cuatro votos. Sesenta y cuatro. En su propio departamento, el que gobierna hace más de una década, el que considera su patio trasero. No fue una victoria: fue un susto. La fuerza que supo ganar caminando ahora gana por desempate, defendiendo cada papeleta como si fuera la última. Y en cierto modo lo es: un poder que en su mejor terreno apenas saca la cabeza del agua ya está mostrando cómo termina la película.

El cansancio también dejó huella en las instituciones. El propio oficialismo judicializó la vida del Concejo con tal de no soltar nada. Como paso con quien era el presidente del cuerpo, Giménez suspendió a dos concejales opositores sin el respaldo que exige la Carta Orgánica, y la Justicia se lo revocó. Después intentó retener la presidencia con el mandato ya vencido, hasta que la Cámara Civil confirmó su desplazamiento. En el camino, el Concejo se le escapó de las manos al rosismo: quien terminó conduciéndolo se alineó con la Provincia y la intendenta quedó en minoría dentro de su propio recinto.

El último capítulo es el más nítido, porque resume todos los anteriores. Durante semanas, la intendenta instaló en redes, en medios locales, hasta con un video propio, la idea de una «emergencia sanitaria» en el Hospital César Aguilar. Una crisis convertida en bandera, dibujada con lujo de detalle sobre la pantalla. El problema de esos mapas es que no son el terreno: funcionan mientras nadie los compara con lo que pasa abajo, y se desinflan apenas alguien camina el lugar que dicen describir.

La Provincia, en vez de discutir el mapa, fue al terreno. A fines de mayo el Gobierno inauguró en Pozo de los Algarrobos el vigésimo Centro de Atención Primaria remodelado con fondos propios, mientras avanza en los CAPS de Las Talas, Alonso Fuego, Pie de Palo y Guadalupe. A las denuncias les contestó con lo más incómodo de refutar: números. Inversión en infraestructura, estadísticas de atención, planificación de urgencias. El relato dibujado contra el dato medido. Y en una población acostumbrada a la vara del favor cumplido, esa pelea estaba perdida de antemano para quien solo tenía el dibujo.

Ese contraste define el momento político. Mientras desde el municipio se agita el reclamo, la gestión de Marcelo Orrego sigue poniendo obra y plata sobre la mesa sin preguntar de qué color es el departamento que la recibe. El gobernador respaldó en público al equipo de salud que conduce el Dr. José Bernal, jefe de la Zona Sanitaria II, cuando lo quisieron atacar. El vicegobernador Fabián Martín y la conducción provincial caminan el territorio hablando de gestión y de diálogo, no de internas ajenas. Y desde la Fundación Difunta Correa, Iván Kadi viene marcando una hoja de ruta tan elemental como medible: salud, educación y servicios, y los recursos puestos donde el resultado se ve y se toca. El mensaje que ordena vuelve a venir, otra vez, del lado de lo concreto.

Que quede claro: Caucete necesita competencia y debate, y el peronismo tiene todo el derecho a disputar su futuro. Lo que no resiste otro turno es que ese debate sea, puertas adentro, una pelea por quién se queda con la llave, mientras del otro lado de la puerta el departamento sigue esperando lo de siempre. Después de más de diez años conduciendo Caucete, el oficialismo no debería estar haciendo la cuenta de a quién le toca el sillón; debería estar explicando qué hizo con todo el tiempo que tuvo. Porque lo que el rosismo se reparte con tanto cuidado pesa cada vez más y rinde cada vez menos: una herencia que el votante ya empezó a rechazar, disputada por tres dirigentes gastados de un elenco que, Romina incluida, llega al tramo final con menos aire del que muestra.

Esa cuenta, en el barrio, ya está hecha. Se rehace sola cada vez que un arreglo dura menos que la foto, y se guarda en silencio hasta el día de cobrarla. Los sesenta y cuatro votos de 2025 fueron el primer aviso. El 2027, si nada cambia, va a ser apenas la fecha del vencimiento.

POR IVAN PALACIO